Delitos y delincuentes

ClintA principios de los años setenta hizo furor es España Morir de amor, una película francesa protagonizada por Annie Girardot basada en la vida de Gabrielle Russier, una profesora de secundaria que se había suicidado estando en la cárcel, donde cumplía condena por corrupción de menores. Gabrielle tenía 32 años cuando se enamoró de un alumno de 16, con el que tuvo un apasionado romance. Los padres del menor, que al principio toleraron la relación, denunciaron a la profesora y a su hijo lo internaron en un psiquiátrico. En julio de 1969 Gabrielle fue juzgada y condenada a doce meses de prisión y a pagar una multa de 500 francos. Apenas mes y medio después, se mató.

La persecución que sufrió Gabrielle en Francia es bastante parecida a la que soportan miles de personas en Estados Unidos, donde hay un registro público de delincuentes sexuales. Sólo en el de California hay más de 80.000 inscritos. En la web oficial del Departamento de Justicia se puede saber quiénes son y dónde viven 50.000 de ellos; la información sobre los otros 30.000, por la levedad del delito o porque han obtenido el certificado de rehabilitación, sólo es accesible para la policía. La existencia del registro la conocen todos los aficionados a las series de policías en las que proliferan los depravados, por lo que no voy a abundar demasiado en ello.

Aunque el registro es aplaudido por una mayoría de estadounidenses, otros muchos lo cuestionan. Las controversias no son tanto por la utilidad de saber que en la casa de al lado vive un violador como por las dudas sobre la naturaleza criminal de algunas conductas. Por ejemplo, en algunos estados hay leyes contra el estupro, la sodomía o las “conductas sexuales desviadas” como el contacto de los genitales de una persona con la boca o el ano de otra. No es sorprendente, pues, que en los registros haya simples sospechosos de pedofilia –no confundir con pederastia–, adolescentes que han mantenido relaciones sexuales consentidas o personas que han utilizado los servicios de prostitutas.

Los americanos, que creen poco en la reinserción y tienen un curioso concepto de la libertad, dicen que el objetivo es proteger a la población, a la que sin embargo no alertan cuando el vecino es un asesino múltiple, por decir algo. Salvando las distancias, difundir la identidad de los “delincuentes sexuales” es algo similar, me parece a mí, a lo que hacían los nazis obligando a los judíos a llevar la estrella de David. Las ‘marcas’ tienen más de infamia que de escarnio, es decir, su propósito es el de deshonrar a quienes cargan con ellas, como la Milady de Los tres mosqueteros, que llevaba grabada una flor de lis que la identificaba como adúltera; o –siguiendo con ejemplos literarios– Jean Valjean, el personaje de Los miserables, que debía mostrar el pasaporte de expresidiario por donde iba.

Aquí en España, durante el franquismo, los condenados que salían de la cárcel vestían una camisa morada con un cordón amarillo a modo de corbata, que era la manera de que todo el barrio supiera que entre los vecinos había un criminal. Lo de menos eran los delitos, en ocasiones tan peregrinos como los que mencioné más arriba de Estados Unidos: “Algo habrá hecho –decía–. A la cárcel no se va por nada”. El estigma, sea del tipo que sea, provoca rechazo, y en ocasiones cuesta sobrellevarlos. En Oviedo, una ciudad bastante dada a los baldones, es conocido el caso de un periodista y escritor de biografías, afincado desde hace años en Madrid, de quien se dice que es gafe. Pocos osan pronunciar su nombre, y si yo no lo hago no es por temor, sino por respeto.

Todo esto viene a cuento de que horas antes de escribir este artículo he pasado por la plaza de La Escandalera, donde me han pedido que firme un escrito conminando a dos ediles que dejaron Foro Asturias, el partido de Álvarez-Cascos, a que renuncien a las concejalías. Por si no sabía quiénes son, detrás de la mesa petitoria habían colocado un panel con el nombre y las fotografías de ambos. Por lo visto, llevan varios días haciéndolo, aunque creo que no servirá de nada. O quizá sí: la izquierda abertzale utilizaba tácticas similares contra los que no pensaban como ellos con resultados muy provechosos, aunque en ocasiones funestos; también en Estados Unidos algunos delincuentes sexuales fueron asesinados después de publicarse su identidad.

No digo yo que sea eso lo que pretenda Foro, ni mucho menos, al poner el punto de mira sobre los dos concejales tránsfugas, de quienes, por lo demás, desconozco su pedigrí y catadura moral. Pero, como los rumores –que son un claro ejemplo de la perversidad de los imbéciles–, los estigmas siembran dudas sobre la honestidad del estigmatizado, buscan su muerte civil. Lo que quiero decir es que no parecen formas, y que esto semeja bien una cacería salvaje no muy distinta de las que sufrieron los judíos, los gitanos o los asociales en la época nazi. Y las formas, sobre todo cuando se pierden, suelen revelar mucho del fondo de las cosas. [Por cierto, la cacería salvaje es uno de los mitos del folclore europeo. Se trata de un grupo fantasmal que galopa desenfrenadamente por el cielo: los cazadores son muertos y siempre es presagio de catástrofes].

(Publicado en Astures.info el 16/12/2013)

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¿Quién teme a la prórroga?

2-CROPPED-man-with-flowers-01-WEB-privateTengo para mí que a la mayoría de los asturianos se la pela –es una vulgaridad, pero refleja bien lo que quiero decir– que el gobierno del Principado consiga apoyos suficientes para aprobar los presupuestos del año que viene o que se prorroguen los de éste. Aparte de que a todos se nos escapan los intríngulis políticos y técnicos del asunto, la gente que conozco está verdaderamente preocupada por cosas mucho más corrientes y a tenor de lo que cuentan los telediarios y corroboran las audiencias de algunos programas de televisión, son bastantes los que tienen más interés en saber, es un suponer, el tiempo que hará mañana o si es cierto que Amador Mohedano coitaba con una tal Marisa mientras su mujer, Rosa Benito, se daba un atracón de lexatines.

Sin que nadie expliqué bien por qué, la prórroga de los presupuestos se ha convertido en anatema. Políticos, empresarios y sindicalistas y otros representantes de las llamadas “fuerzas vivas” la consideran poco menos que una maldición y se desgañitan reclamando un acuerdo, da igual que sea entre congéneres ideológicos o contranatural, para luego añadir que el freno a la decadencia tienen que ponerlo otros, esto es, el Estado y Bruselas. Es obvio que el presupuesto allana el terreno a quien gobierna, que a lo sumo sólo tiene que rendir cuentas de lo que gasta, pero satanizar la prórroga es una falacia, se mire como se mire, porque lo importante no son los duros sino, sobre todo, que su asignación responda a un plan.

Aparte de las ideas que plasmó Pedro de Silva en su Asturias, realidad y proyecto y de las Estrategias para la reindustrialización de Asturias que elaboró por encargo de Juan Luis Rodríguez-Vigil un equipo universitario que dirigió Manuel Castells, lo cierto es que, asentada la autonomía, nunca he conocido un programa donde se apuntasen soluciones globales al cambio estructural que necesita el Principado. A más de despilfarrar el dinero en polígonos industriales, convertidos hoy en patatales, y cifrar las esperanzas en infraestructuras innecesarias, los sucesivos gobiernos que hemos sufrido no han hecho mucho. Y sin proyecto alguno, pienso que para administrar el dinero basta con un contable.

Así pues, y sin tapujarme lo más mínimo, digo ya que me parece mejor la prórroga que dar carta blanca a un gobierno que hasta ahora sólo ha demostrado una inacción proverbial. Es, por otra parte, lo mismo que dicen los socialistas navarros, que hace unos días anunciaron la presentación de una enmienda a la totalidad de los presupuestos de su comunidad, lo cual significa que, si recaban apoyos suficientes, habrá que prorrogar los actuales. Si esto ocurre, tanto aquí como allí el respectivo gobierno se verá obligado a solicitar créditos extraordinarios, o sea, pedir la autorización del parlamento para financiar cada una de las inversiones que quieran hacer. Ha pasado otras veces y no fue ninguna tragedia.

El gobierno asturiano sabe a lo que se arriesga al llevar el proyecto de presupuestos al parlamento sin contar con el respaldo de la mayoría de la cámara. La espantada del diputado de UPyD, Ignacio Prendes –apodado ya Nacho el doliente por sus constantes lamentaciones–, y las exigencias de Izquierda Unida para aumentar la presión fiscal han dejado al Ejecutivo en franca minoría, y todo depende ahora de lo que hagan Foro y el PP. Del partido de Álvarez-Cascos poco pueden esperar los socialistas, pero no está nada claro qué hará el PP, cuya lideresa, Mercedes Fernández, ya ha dicho que sus teléfonos “están abiertos”. En su dulcificación ha tenido bastante que ver el delegado del Gobierno y exalcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, que no se cortó un pelo para exhortar a su partido a pactar con los socialistas. “Es evidente que ha llegado el momento de entenderse”, dijo.

Como soy escéptico por naturaleza, colijo que con presupuesto o prórroga las cosas van a cambiar poco y todo va a seguir igual: los políticos a su bola, fingiendo que hacen cosas –en el caso de algunos prefiero que disimulen a que las hagan– y diciendo pijadas sin la menor transcendencia que luego recogen los medios de comunicación, y los ciudadanos a la suya, o sea, esperando como agua de mayo ese dinero que según Botín “llega de todas partes” pero aún no ha alcanzado nuestros bolsillos, aunque los suyos supongo que sí. Entretanto, yo sólo aspiro a que bajen los billetes de los aviones: ya saben, por si tengo que seguir viajando para mantener el contacto con mi hija. Siguiendo sus pasos estoy conociendo mundo, es verdad, pero resulta caro.

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Buscando a Atticus desesperadamente

universal movie restorationNo soy mitómano, nunca lo he sido. Sentir una atracción exagerada por alguien, ya sea un líder religioso o una estrella del rock, siempre me ha parecido malsano. Encomendarte a una única persona exige una fe ciega, o sea prescindir de tu propio juicio, y como ya he dicho alguna vez soy más de virtudes prusianas que católicas y tiendo a creer sólo lo que percibo por los sentidos. Al fin y al cabo, un mito es alguien o algo a los que se atribuyen unas cualidades fabulosas que no tienen. No obstante, nada de lo que digo quita para que sienta admiración por bastante gente, aunque no tanto por su naturaleza extraordinaria como porque sean sujetos decentes, que hacen lo que deben hacer. Vamos, de los que echan el cartón y el vidrio en los cubos adecuados.

Personas, para que me entiendan, como Atticus Finch, el protagonista de la novela Matar a un ruiseñor, de la escritora norteamericana Harper Lee, que encarnó en el cine Gregory Peck. El año que se publicó la obra, 1960, fue el de la elección como presidente de Estados Unidos de John F. Kennedy, de cuyo asesinato se ha cumplido estos días medio siglo. De haber muerto de otra manera es probable que Kennedy no hubiera pasado a la historia (¿quién conoce a la mayoría de los treinta y cuatro presidentes que lo precedieron?); tampoco Obama, supongo, si no fuese porque ha sido el primer negro de la Casa Blanca. Atticus lo ha hecho como modelo de integridad –gracias principalmente a la película–, porque defiende lo que cree justo aunque le acarree problemas.

Soy un ingenuo, pero siempre he pensado que los Atticus eran legión y que buena parte de ellos, si no la mayoría, militaban en organizaciones políticas y sindicales de izquierdas, ésas que una vez liquidado el franquismo iban a construir una sociedad más justa e igualitaria. Con el paso del tiempo se han moderado mis creencias, pero también mis expectativas. Es cierto que, con claroscuros, han cambiado muchas cosas desde que el PSOE ganó las elecciones de 1982, pero también es obvio que, una vez trincado el poder, la izquierda y la derecha se comportan igual. La trama Gürtell y el caso de los ERE en Andalucía lo demuestran. Si cabe, la única diferencia es que la izquierda apaña lo que antes tenía vedado y la derecha aún piensa que la finca es suya y puede disponer de ella a su antojo.

La verdad es que de la derecha y los empresarios –ambos persiguen lo mismo– nunca esperé gestos filantrópicos, más bien comportamientos depredadores. Alguna vez he contado que cuando desempeñaba un cargo directivo me convidaron a comer los promotores de un centro comercial que se estaba construyendo cerca de Avilés. Durante el almuerzo, uno de los comensales no paraba de ensalzar al impulsor del proyecto, el empresario Manuel Álvarez Lloriana, conocido también como Manolo el Atacau porque –lo decía mi padre– estaba atacau de perres. Como aquel tipo insistía en que Lloriana sólo quería “devolver a Avilés lo que Avilés le dio”, el propio Manolo se vio obligado a puntualizar: “Sí, sí, le debo mucho a Avilés, pero hacemos esto para ganar dinero, eh”. Pues eso.

De la derecha, ya digo, nunca esperé nada, si acaso que nos jodiese un poco más la vida a los asalariados para que los ‘suyos’ tuviesen mayores beneficios, como así ha sido. Pero de la izquierda, quizá porque son los ‘míos’ –“ser pobre y de derechas es del género tonto”, decía un tío de mi mujer– esperaba algo más, aunque tampoco mucho. Como los nosotros de Benedetti, me conformo con poco: “Ustedes cuando aman / exigen bienestar / una cama de cedro / y un colchón especial, / nosotros cuando amamos / es fácil de arreglar / con sábanas qué bueno / sin sábanas da igual”.  Sin embargo, más allá de la generalizada desafección hacia la clase política debido a la situación económica, lo cierto es que los ustedes y los nosotros se han igualado en lo peor. En Asturias también tenemos ejemplos de felonías, como el caso Marea, las injustificables dietas que cobraban los diputados o lo que está pasando en Cudillero, por no hablar, claro, de la persecución sindical que sufre el periodista Xuan Cándano, una abyección en toda regla.

El problema es que la gente como Atticus, personas de una pieza, no abunda en algunos estamentos de nuestra sociedad, en los partidos políticos, los sindicatos o el empresariado. O, mejor dicho, no hay tantos como debieran. De hecho, parece que la mayoría han sido fulminados por una de esas bombas que acaban con todo rastro de vida pero dejan intactas las cosas materiales. Quizá porque por España pasó de largo la reforma calvinista, nos empieza a parecer excepcional lo que debería ser común y ensalzamos conductas que no tienen nada de asombrosas, salvo porque cada vez son más insólitas en una sociedad que ha perdido la normalidad moral. Los intachables cotizan hoy a la baja: al que no roba pudiendo hacerlo lo llamamos tonto y al chorizo que se va de balde avispado.

Como además de ingenuo debo de ser tonto –cuando compro algo exijo un buen servicio posventa–, yo, sinceramente, tenía cierta esperanza en que Javier Fernández fuese uno de los muchos Atticus Finch que, soñaba, poblaban la izquierda. Las referencias eran inmejorables. En mi ensoñación no di crédito a aquel sociólogo que salió escaldado de uno de los gobiernos de Tini Areces cuando dijo que el problema del PSOE al preparar el recambio para la presidencia del Principado era que había un presidente que se resistía a irse y un posible sustituto con pereza de serlo. El final de la historia es bien conocido: como decía Pepe Iglesias el Zorro, aquel popular radiofonista de la SER en los años sesenta, “y del pobre Fernández nunca más se supo”.

(Publicado en Astures.info el 2/12/2013)

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Desmesuras

Street-Art65Me desconcierta el apego de la gente a los cargos, quizá porque yo nunca me encariñé con los pocos que he ejercido y cuando satisfice de forma razonable mi cuota de vanidad y asumí que sobraba no seguí ni cinco minutos más de lo necesario. Uno siempre sabe cuándo está de más en los sitios, en ocasiones porque a diario te dan indicios los de tu alrededor y no hace falta ser muy sagaz para apreciar que no te quieren allí; otras, porque has empezado a tenerle cierta aversión a lo que haces hasta el punto de volverte indolente. Pese a todo, son mayoría los que siguen enganchados al sillón, esperando a que los echen.

Cuando alguien es elegido para desempeñar un puesto relevante cambia también su estatus social. En determinados ámbitos, como la política o el periodismo, ese cambio suele ser reversible, esto es, hay muchas posibilidades de que después de un tiempo vuelvas a la situación o condición anterior. Sin embargo, casi nadie piensa que sea una situación coyuntural, e incluso hay quien llega a creer que fue escogido por su excepcional talento, algo que precisamente es bastante inusual en la política y el periodismo, donde se premia generalmente la falta de aptitud, la incapacidad, y a los servilones.

Jefes garrulos he tenido bastantes, pero recuerdo especialmente a uno que además de destacar por su ignorancia y modales groseros se singularizaba por su fealdad. Un día después de ser nombrado para el cargo, aquel tipo pretendió reprenderme en público dándome a gritos una lección de periodismo. Tuve que recordarle algo evidente: seguía siendo tan desprovisto de belleza como la semana anterior, cuando aún no ocupaba aquel puesto, lo que me llevaba a concluir que probablemente tampoco fuese más listo, aunque mandase y cobrase más. Algo le empecé a explicar también sobre la naturaleza de la ciencia infusa –Quod natura non dat, Salmantica non præstat–, pero desistí pronto.

Todo esto viene a cuento de que sigo sin explicarme por qué Severino García Vigón tardó tanto en dejar la presidencia de la Federación Asturiana de Empresarios. Y no lo digo por sus deudas con Hacienda –medio millón de euros, que según dice ya ha pagado–, un delito que, en todo caso, no me parece demasiado grave comparado con el de los Botín, que eludieron el juicio y una cuantiosa multa desembolsando, ahí es nada, 200 millones del ala. No, lo que me resulta chocante es su empeño en continuar sabiendo que la contestación pública de una pequeña parte del comité ejecutivo era sólo un tímido reflejo de la marejada interna.

El riesgo de aferrarse a las cosas es que, al final, por un orgullo mal entendido, te atrincheres con excusas carentes de sentido –son de manual “por vosotros lo he dado todo” y “no es el momento”–y acabes perdiendo hasta la dignidad; y ya se sabe que, al ser lo último que se pierde, después no te queda nada. En la mayoría de los casos esa resistencia numantina no obedece más que al temor de volver a la normalidad, a dejar de ser ‘el primero entre iguales’, el primus inter pares. En definitiva, a perder el rango. Este proceder suele ser síntoma de inmadurez, cuando no de inseguridad, y revela casi siempre que lo que subyace es un acusado complejo de inferioridad.

Dicho lo anterior, pienso que en la caza de García Vigón ha habido cierta desmesura, esto es, que la mortificación a la que ha sido sometido no es proporcional a los errores que ha podido cometer. Entre los empresarios, el suyo no es, además, un caso aislado, y sorprende que en situaciones parecidas otros colegas hayan recibido en el trance el apoyo de sus compadres, nunca la puntilla, como el presidente de la patronal madrileña y vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández. Sospecho, pues, que la saña contra el ya expresidente de la FADE ha podido deberse a otros motivos, y pensando mal colijo que guardan relación con los 12.000 euros que cobraba al mes, un botín muy apetecido por otros.

La modestia no es una virtud en alza; tampoco lo es la decencia, de ahí que en tiempos tan convulsos como estos casi nadie repare en la importancia de algo tan aparentemente nimio como la humildad. Sólo así se entiende, por ejemplo, la desvergüenza de la presidenta del Gobierno de Navarra, Yolanda Barcina, cuando en el juicio contra los acusados de haberle estampado tres tartas dijo lo de “reclamo justicia por la agresión que sufrí”, apelando a la honorabilidad del cargo. Resulta que la tal Barcina era una de los integrantes del órgano de Caja Navarra que llegaron a cobrar dos y tres dietas en un mismo día sin que, por lo visto, se resquebrajase su dignidad.

Dicen que la mejor manera de recobrar la compostura y situarte en el sitio que te corresponde es la introspección, esa mirada interior a la que solemos resistirnos porque nos gusta poco lo que vemos. Creo, sin embargo, que hay una forma mucho más efectiva de recargarnos de humildad, como es –consejo del lúcido Aberasturi– observarte bien en los espejos de los probadores cuando te quedas en gayumbos y calcetines. Otra alternativa es acudir al proctólogo, pero yo huyo de las técnicas invasivas si no son absolutamente necesarias.

(Publicado en Astures.info el 25/11/2013)

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Transparencias

transparencia_politicaHay cosas que no comprendo. No me refiero a las cosas que nos hacen exclamar “¡pues no lo entiendo!”, demostrando con ello que lo que vemos u oímos nos contraría; por ejemplo, el empeño del fiscal del caso Nóos en exculpar a la infanta Cristina. No, no hablo de eso. Quiero decir que de verdad hay bastantes cosas de las que me cuesta tener una idea clara, como la teoría del Big Bang o la utilidad de la troposfera, y esa ignorancia me incomoda. Mi analfabetismo de otras, sin embargo, no me preocupa: creo que se puede ser relativamente feliz desconociendo los fundamentos de la psicobiología o la dinámica que rige la vida en el mar, por decir algo.

De algunas de las cosas que no entiendo sospecho que se debe a que son incomprensibles por su naturaleza difusa; esto es, son conceptos que quienes los formulan deciden adrede que sean imprecisos, de forma que sirven tanto para un roto como para un descosido, como suele decirse. Uno de esos conceptos es el de transparencia, muy de moda últimamente. Todas las administraciones se jactan de ser transparentes, incluso hay leyes de transparencia y hasta se han inventado indicadores para evaluarla. Paradójicamente, los corruptos son legión y cada vez más, aunque, eso sí, ahora los conocemos.

Personalmente creo que se ha mitificado la transparencia como remedio a los males que aquejan al sector público. Como mucho tiene la utilidad de un placebo, cuyos efectos curativos –si los tiene– dependen en gran medida de que el enfermo esté convencido de que la sustancia que le han administrado tiene alguna acción terapéutica. Uno, que es más de virtudes prusianas que cardinales, piensa que la eficacia en la gestión no depende de que ésta sea traslúcida, sino de elegir a las personas adecuadas por su capacidad, honestidad y dedicación, gente, en fin, que no abunda demasiado en política ni en casi nada. “Busco un hombre honesto”, clamaba por las calles de Atenas Diógenes de Sínope, también conocido como Diógenes el del tonel y Diógenes el cínico.

Ya se sabe que la forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todos –”En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”, según Azaña–, y que para ocultar un árbol no hay nada como poner un bosque delante. Si en apariencia lo enseñas todo –a veces es suficiente con que los demás lo crean–, con el tiempo hasta los más curiosos pierden interés y lo importante pasa inadvertido. El príncipe de Lampedusa, que era otro cínico, lo sabía cuando escribió que la manera de que todo siga igual es que todo cambie, es decir, que el giro sea tan radical que acabe en el punto de partida: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi.

Perdido el morbo inicial, que los diputados en la Junta General publiquen sus ingresos, es un suponer, o la Consejería de Servicios Sociales difunda las estadísticas sobre el salario social me trae al pairo. Es más, me parecen maniobras de distracción. Es como esa foto de un culo femenino que circula por las redes sociales, en la que casi nadie aprecia que en segundo plano hay un perro conduciendo un coche. Lo que de verdad me interesa es si los políticos hacen algo para ganar el sueldo –y mayormente me parece que no– o cuánto más tendrán que esperar las casi seis mil familias que siguen pendientes de que el Principado les dé la paga de emergencia.

Más que la falta de transparencia, la opacidad, lo que a mí me preocupa realmente es la invisibilidad de esos cientos y cientos de asturianos que han perdido su trabajo sin tener claro el motivo ni nadie que los defienda (Suzuki, General Dynamics, Tenneco, Alas Aluminium), o los miles de desdichados que carecen de ingresos y sobreviven de la caridad. Gente cada día más transparente, tanto que apenas los vemos ya, cuya desgracia queda oculta por la magnitud de las cifras; personas a las que, estoy casi seguro, se la sudan como a mí los procedimiento para contratar con la Administración o cómo se están ejecutando las diversas partidas del presupuesto autonómico o municipal.

Lo que pretendo decir es que la transparencia por sí misma no es garantía de nada, como tampoco los certificados de calidad aseguran la excelencia de un producto, sino sólo que se ha fabricado de acuerdo a los requisitos establecidos en una norma. A veces no se trata de contarlo todo, sino simplemente de no ocultar nada. De los políticos me basta con que no tengan dobleces y sean honrados; que pueda estar seguro de que merecen hasta el último euro que cobran. Por lo demás, ya lo decía el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, “después de todo he comprendido / que lo que el árbol tiene de florido 
/ vive de lo que tiene sepultado”.

(Publicado en Astures.info el 18/11/2013)

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Efecto mariposa

ImageSiempre pensé que eso del efecto mariposa era una patraña. Que el aleteo de una mariposa en Pekín pueda provocar días después una tormenta en Nueva York me parecía una idea extravagante, sin el menor sentido, aunque quizá fuese porque sobrepasa mi capacidad de entender las cosas, por otro lado bastante raquítica. También puede ser que me aterre pensar en cuánto daño podrían hacer millones de mariposas si les da por batir las alas acompasadamente, o, es un suponer, todos los rumiantes del planeta peyéndose al mismo tiempo, como si no tuviésemos suficiente con el calentamiento global que causan sus ventosidades. Sería espantoso.

Al final resulta que lo del efecto mariposa era una hipótesis, esto es, una suposición. El culpable de todo este lío es un meteorólogo llamado Edward Lorenz, que buscando un modelo matemático para predecir el tiempo descubrió que utilizar datos numéricos con tres o seis decimales hacía que las predicciones fuesen más o menos acertadas. De la misma forma, dijo, un pronóstico puede ser erróneo aunque se haga con datos muy precisos si no se ha tenido en cuenta la perturbación que puede ocasionar el aleteo de una mariposa al otro lado del planeta.

La cuestión es que la posibilidad de que una mierdecilla voladora, un insecto que no llega a pesar un gramo, pueda desencadenar un tifón ya no me parece una fantasía absurda. En parte debe de ser cosa de la edad, que me ha enseñado a no desdeñar lo que ignoro y que sostener que algo es falso porque no hay evidencias de que sea verdadero, o al revés, es una falacia. Pero resulta que ahora, además, tengo pruebas determinantes de que, en efecto, es factible que algo minúsculo o de poca entidad pueda producir hechos de muchísima envergadura o alcance.

Una demostración de lo que digo es, por ejemplo, lo ocurrido desde que el único diputado de UPyD en la Junta General del Principado anunció que rompía el pacto de legislatura con la Federación Socialista Asturiana. Él solo ha conseguido lo que no lograron el caso Marea, los desmanes en el Centro Niemeyer o el Cristo de Cudillero, o sea, sacar de la madriguera al presidente Fernández, de quien alguna vez llegué a sospechar que no existía realmente y que ese estar suyo sin estar –“hacer el Fernández”, en feliz expresión de Jaime Poncela – se debía a que era una mera proyección en 3D, una especie de avatar al que se olvidaron de enchufar a la corriente para cargarlo de energía.

A tenor del quietismo con el que actuó ante asuntos bastante más importantes y graves, que más parecía apatía o dejadez que “santa indiferencia”, la reacción del presidente del Principado a la ruptura con UPyD (entrevistas, declaraciones a los medios, participación en coloquios) me parece, por inusual, desproporcionada y, en cierta medida, hasta inexplicable. A no ser, claro, que, más allá de haber perdido un apoyo sustancial para aprobar los presupuestos del año que viene, lo que exigían UPyD e Izquierda Unida para mantener su respaldo al Gobierno, la reforma de la Ley electoral, sea algo más que un quítame allá esas pajas, como nos quieren hacer creer.

Según dicen los expertos, con la reforma la composición del parlamento regional no sería muy diferente de la actual, aunque se equilibraría el número de votos que son necesarios para ser elegido en cada una de las tres circunscripciones que hay Asturias. Siendo esto importante, creo sin embargo que lo fundamental de la reforma es que haría más democrática la designación de quienes encabecen las candidaturas, que serían escogidos en unas primarias, y daría a los electores la posibilidad de votar a los componentes que más les apeteciera de una misma lista. Y eso, lamentablemente, va contra la esencia misma de los partidos políticos mayoritarios, es un torpedo directo a la línea de flotación de su naturaleza.

Tengo para mí desde hace ya tiempo –incluso creo que lo he escrito en otro sitio– que, con el paso de los años y enterrado el espíritu de la Transición, la mayoría de las organizaciones políticas se han convertido en un fin en sí mismas, de modo que la democracia únicamente tiene sentido en la medida en que justifica su existencia. Para que lo entiendan, es algo similar a lo que ocurre con las multinacionales o los bancos, que no serían lo que son sin el sistema de libre mercado, cuya utilidad está en función de que el movimiento de capitales proporcione ganancias a los inversores. En este sentido, no parece casual que sacar partido sea sinónimo de sacar provecho.

Si algo caracteriza a nuestros partidos políticos, de izquierdas y de derechas, es que las mayorías se subordinan a las minorías. Como las corporaciones empresariales, son organizaciones jerarquizadas en las que unos pocos deciden quiénes ocupan qué cargos, gubernamentales o legislativos, y durante cuánto tiempo. En sus manos las listas electorales cerradas y bloqueadas son un arma eficaz para tejer redes clientelares y mantener el control interno –el que se mueve no sale en la foto–, de ahí su resistencia a democratizarse, a que las decisiones fluyan de abajo arriba. Para muchos es, básicamente, una cuestión de supervivencia.

La excusa de que para modificar la ley electoral conviene una “mayoría reforzada”, como plantean ahora los socialistas, es bastante chusca y poco convincente: ni Foro ni el PP votarán nunca a favor, y lo saben. Así pues, hay razones para pensar que las reticencias de la FSA son fundamentalmente de fondo, y que la forma – ¿qué puñetas es una “mayoría reforzada”? – es un pretexto. Sólo así se explica que Javier Fernández aspaviente como ha hecho estos días porque al otro lado del hemiciclo alguien haya agitado los remos.

(Publicado en Astures.info el 11/11/2013)

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Los lunes al sol

lunesalsol2Por lo visto, al Gobierno asturiano le intranquiliza, y mucho, que el Principado pierda población año a año. Tanto le preocupa –o al menos le preocupaba hasta que UPyD rompió su alianza con la FSA, una cuestión ésta bastante más inquietante–, tal desazón provoca al Ejecutivo que disminuyan los habitantes, decía, que incluso convocó una cumbre demográfica con tres comunidades que tienen un ‘problema’ parecido, Galicia, Aragón y Castilla y León. Aunque le he dado vueltas al asunto, yo, la verdad, no veo en ello ningún motivo de disgusto; es más, en una autonomía con 100.000 parados creo que perder unos centenares de vecinos, incluso varios miles, no puede ser malo, sobre todo si no tienen trabajo.

Que una colectividad pierda algunos miembros puede deberse a varios factores, y en Asturias, al parecer, ha habido una conjunción de todos ellos, algo así como lo que en meteorología se define como una ‘tormenta perfecta’ o Halloween Storm, esto es, cuando confluyen varias circunstancias adversas sobre un lugar intensificando el poder destructor de cada una de ellas. La cosa es que en el Principado nacen menos personas de las que mueren, son más los inmigrantes que dejan la región que los que vienen y los jóvenes de entre 25 y 29 años huyen en estampida al grito de “maricón el último”, dicho sea sin ningún ánimo homófobo.

Que son cada día más los asturianos que cruzan el Pajares en busca de un futuro mejor – lo de cruzar el puerto es metafórico: ya sé que muchos utilizan la Transcantábrica y otros el avión –es algo que nadie cuestiona hoy, por más que el expresidente Álvarez Areces se empeñase hace unos años en que lo de la emigración juvenil era una leyenda urbana. Ya entonces era obvio lo que estaba pasando, no sólo aquí sino en otras comunidades golpeadas por la crisis. El célebre monólogo de Santa sobre Australia en Los lunes al sol, la película de Fernando León, me parece, al respecto, muy significativo.

– ¡Antípodas! ¿Tú sabes por qué se le llama las antípodas?, pregunta Santa a Lino.

– …

– Porque significa ‘lo contrario’. ¡Antípodas!… Anti-podas, lo-contrario; lo opuesto que aquí. Allí hay curro, aquí no; allí follas, aquí no.

Que Álvarez Areces no viese lo que pasaba no es extraño. Su exacerbada propensión a la megalomanía le hacía vivir en un permanente delirio, que no es otra cosa que una confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia. Frente a sus delirios de grandeza, que llenaron Asturias de mausoleos, otros presidentes en coyunturas similares se esforzaron, al menos, por atraer inversiones (DuPont, ThyssenKrupp, entre otras), lo que hace hasta perdonables intentos de fraude como los de Euro Metals y Biomédica –apadrinados ambos por un hijo de Ladislao Vajda, el cineasta húngaro afincado en España que dirigió Marcelino, pan y vino– o el Petromocho.

Pero, ya digo, a Javier Fernández lo que le preocupa es la demografía. Con Fernández me ocurre lo que al doctor Miguel Cabanela con el rey Juan Carlos, que no sé exactamente lo que hace. Un político amigo mío asegura que trabaja bastante; vamos, que una cosa es lo que parece que hace y otra lo que hace realmente, que a mí, insisto, me parece que es nada o muy poco. Puede que sea verdad lo que dice mi amigo, no lo sé, pero como no me da ninguna prueba y yo tiendo a creer sólo lo que percibo por los sentidos –incluyendo el vestibular, ése que nos ayuda a saber dónde tenemos la cabeza respecto al suelo–, como soy de natural escéptico, apuntaba, sigo pensando que, a la vista están los resultados, no se esfuerza mucho.

En cualquier caso –lo señalo sólo por encauzar el asunto y para que el presidente pueda ocuparse de cometidos de mayor enjundia, como negociar los presupuestos del 2014–, creo que la clave del problema demográfico la da Santa, el protagonista de Los lunes al sol, aún cuando yerre al situar nuestras antípodas en Australia estando en realidad en Nueva Zelanda. Ya sea en Australia o Nueva Zelanda, que para el caso que  nos ocupa da igual saber geografía, la cuestión de fondo es que la fecundidad y la actividad económica son dos elementos sustanciales de la ecuación demográfica, y que aquí lo cierto es que no se folla ni hay trabajo. Y, al parecer, en otros sitios sí. Aunque parezcan obvias, son cosas, pienso, que habría que tener en cuenta.

(publicado en Astures.info el 4/11/2013)

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