Desmesuras

Street-Art65Me desconcierta el apego de la gente a los cargos, quizá porque yo nunca me encariñé con los pocos que he ejercido y cuando satisfice de forma razonable mi cuota de vanidad y asumí que sobraba no seguí ni cinco minutos más de lo necesario. Uno siempre sabe cuándo está de más en los sitios, en ocasiones porque a diario te dan indicios los de tu alrededor y no hace falta ser muy sagaz para apreciar que no te quieren allí; otras, porque has empezado a tenerle cierta aversión a lo que haces hasta el punto de volverte indolente. Pese a todo, son mayoría los que siguen enganchados al sillón, esperando a que los echen.

Cuando alguien es elegido para desempeñar un puesto relevante cambia también su estatus social. En determinados ámbitos, como la política o el periodismo, ese cambio suele ser reversible, esto es, hay muchas posibilidades de que después de un tiempo vuelvas a la situación o condición anterior. Sin embargo, casi nadie piensa que sea una situación coyuntural, e incluso hay quien llega a creer que fue escogido por su excepcional talento, algo que precisamente es bastante inusual en la política y el periodismo, donde se premia generalmente la falta de aptitud, la incapacidad, y a los servilones.

Jefes garrulos he tenido bastantes, pero recuerdo especialmente a uno que además de destacar por su ignorancia y modales groseros se singularizaba por su fealdad. Un día después de ser nombrado para el cargo, aquel tipo pretendió reprenderme en público dándome a gritos una lección de periodismo. Tuve que recordarle algo evidente: seguía siendo tan desprovisto de belleza como la semana anterior, cuando aún no ocupaba aquel puesto, lo que me llevaba a concluir que probablemente tampoco fuese más listo, aunque mandase y cobrase más. Algo le empecé a explicar también sobre la naturaleza de la ciencia infusa –Quod natura non dat, Salmantica non præstat–, pero desistí pronto.

Todo esto viene a cuento de que sigo sin explicarme por qué Severino García Vigón tardó tanto en dejar la presidencia de la Federación Asturiana de Empresarios. Y no lo digo por sus deudas con Hacienda –medio millón de euros, que según dice ya ha pagado–, un delito que, en todo caso, no me parece demasiado grave comparado con el de los Botín, que eludieron el juicio y una cuantiosa multa desembolsando, ahí es nada, 200 millones del ala. No, lo que me resulta chocante es su empeño en continuar sabiendo que la contestación pública de una pequeña parte del comité ejecutivo era sólo un tímido reflejo de la marejada interna.

El riesgo de aferrarse a las cosas es que, al final, por un orgullo mal entendido, te atrincheres con excusas carentes de sentido –son de manual “por vosotros lo he dado todo” y “no es el momento”–y acabes perdiendo hasta la dignidad; y ya se sabe que, al ser lo último que se pierde, después no te queda nada. En la mayoría de los casos esa resistencia numantina no obedece más que al temor de volver a la normalidad, a dejar de ser ‘el primero entre iguales’, el primus inter pares. En definitiva, a perder el rango. Este proceder suele ser síntoma de inmadurez, cuando no de inseguridad, y revela casi siempre que lo que subyace es un acusado complejo de inferioridad.

Dicho lo anterior, pienso que en la caza de García Vigón ha habido cierta desmesura, esto es, que la mortificación a la que ha sido sometido no es proporcional a los errores que ha podido cometer. Entre los empresarios, el suyo no es, además, un caso aislado, y sorprende que en situaciones parecidas otros colegas hayan recibido en el trance el apoyo de sus compadres, nunca la puntilla, como el presidente de la patronal madrileña y vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández. Sospecho, pues, que la saña contra el ya expresidente de la FADE ha podido deberse a otros motivos, y pensando mal colijo que guardan relación con los 12.000 euros que cobraba al mes, un botín muy apetecido por otros.

La modestia no es una virtud en alza; tampoco lo es la decencia, de ahí que en tiempos tan convulsos como estos casi nadie repare en la importancia de algo tan aparentemente nimio como la humildad. Sólo así se entiende, por ejemplo, la desvergüenza de la presidenta del Gobierno de Navarra, Yolanda Barcina, cuando en el juicio contra los acusados de haberle estampado tres tartas dijo lo de “reclamo justicia por la agresión que sufrí”, apelando a la honorabilidad del cargo. Resulta que la tal Barcina era una de los integrantes del órgano de Caja Navarra que llegaron a cobrar dos y tres dietas en un mismo día sin que, por lo visto, se resquebrajase su dignidad.

Dicen que la mejor manera de recobrar la compostura y situarte en el sitio que te corresponde es la introspección, esa mirada interior a la que solemos resistirnos porque nos gusta poco lo que vemos. Creo, sin embargo, que hay una forma mucho más efectiva de recargarnos de humildad, como es –consejo del lúcido Aberasturi– observarte bien en los espejos de los probadores cuando te quedas en gayumbos y calcetines. Otra alternativa es acudir al proctólogo, pero yo huyo de las técnicas invasivas si no son absolutamente necesarias.

(Publicado en Astures.info el 25/11/2013)

Anuncios

Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
Esta entrada fue publicada en Asturias, Patterson, Periodista y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s