Transparencias

transparencia_politicaHay cosas que no comprendo. No me refiero a las cosas que nos hacen exclamar “¡pues no lo entiendo!”, demostrando con ello que lo que vemos u oímos nos contraría; por ejemplo, el empeño del fiscal del caso Nóos en exculpar a la infanta Cristina. No, no hablo de eso. Quiero decir que de verdad hay bastantes cosas de las que me cuesta tener una idea clara, como la teoría del Big Bang o la utilidad de la troposfera, y esa ignorancia me incomoda. Mi analfabetismo de otras, sin embargo, no me preocupa: creo que se puede ser relativamente feliz desconociendo los fundamentos de la psicobiología o la dinámica que rige la vida en el mar, por decir algo.

De algunas de las cosas que no entiendo sospecho que se debe a que son incomprensibles por su naturaleza difusa; esto es, son conceptos que quienes los formulan deciden adrede que sean imprecisos, de forma que sirven tanto para un roto como para un descosido, como suele decirse. Uno de esos conceptos es el de transparencia, muy de moda últimamente. Todas las administraciones se jactan de ser transparentes, incluso hay leyes de transparencia y hasta se han inventado indicadores para evaluarla. Paradójicamente, los corruptos son legión y cada vez más, aunque, eso sí, ahora los conocemos.

Personalmente creo que se ha mitificado la transparencia como remedio a los males que aquejan al sector público. Como mucho tiene la utilidad de un placebo, cuyos efectos curativos –si los tiene– dependen en gran medida de que el enfermo esté convencido de que la sustancia que le han administrado tiene alguna acción terapéutica. Uno, que es más de virtudes prusianas que cardinales, piensa que la eficacia en la gestión no depende de que ésta sea traslúcida, sino de elegir a las personas adecuadas por su capacidad, honestidad y dedicación, gente, en fin, que no abunda demasiado en política ni en casi nada. “Busco un hombre honesto”, clamaba por las calles de Atenas Diógenes de Sínope, también conocido como Diógenes el del tonel y Diógenes el cínico.

Ya se sabe que la forma de esconder algo es dejarlo a la vista de todos –”En España la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”, según Azaña–, y que para ocultar un árbol no hay nada como poner un bosque delante. Si en apariencia lo enseñas todo –a veces es suficiente con que los demás lo crean–, con el tiempo hasta los más curiosos pierden interés y lo importante pasa inadvertido. El príncipe de Lampedusa, que era otro cínico, lo sabía cuando escribió que la manera de que todo siga igual es que todo cambie, es decir, que el giro sea tan radical que acabe en el punto de partida: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi.

Perdido el morbo inicial, que los diputados en la Junta General publiquen sus ingresos, es un suponer, o la Consejería de Servicios Sociales difunda las estadísticas sobre el salario social me trae al pairo. Es más, me parecen maniobras de distracción. Es como esa foto de un culo femenino que circula por las redes sociales, en la que casi nadie aprecia que en segundo plano hay un perro conduciendo un coche. Lo que de verdad me interesa es si los políticos hacen algo para ganar el sueldo –y mayormente me parece que no– o cuánto más tendrán que esperar las casi seis mil familias que siguen pendientes de que el Principado les dé la paga de emergencia.

Más que la falta de transparencia, la opacidad, lo que a mí me preocupa realmente es la invisibilidad de esos cientos y cientos de asturianos que han perdido su trabajo sin tener claro el motivo ni nadie que los defienda (Suzuki, General Dynamics, Tenneco, Alas Aluminium), o los miles de desdichados que carecen de ingresos y sobreviven de la caridad. Gente cada día más transparente, tanto que apenas los vemos ya, cuya desgracia queda oculta por la magnitud de las cifras; personas a las que, estoy casi seguro, se la sudan como a mí los procedimiento para contratar con la Administración o cómo se están ejecutando las diversas partidas del presupuesto autonómico o municipal.

Lo que pretendo decir es que la transparencia por sí misma no es garantía de nada, como tampoco los certificados de calidad aseguran la excelencia de un producto, sino sólo que se ha fabricado de acuerdo a los requisitos establecidos en una norma. A veces no se trata de contarlo todo, sino simplemente de no ocultar nada. De los políticos me basta con que no tengan dobleces y sean honrados; que pueda estar seguro de que merecen hasta el último euro que cobran. Por lo demás, ya lo decía el poeta argentino Francisco Luis Bernárdez, “después de todo he comprendido / que lo que el árbol tiene de florido 
/ vive de lo que tiene sepultado”.

(Publicado en Astures.info el 18/11/2013)

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Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
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