Elogio de la fiambrera

Cuando yo era pequeño, mi padre, Jaime, estaba enamorado de un rincón de Gozón llamado Antromero, situado entre Candás y Luanco, adonde peregrinábamos mi familia y las de los vecinos del bloque un domingo sí y otro también, hiciese sol o lloviese. A pesar de que íbamos el sábado a misa para estar listos a las diez, raro era el día en que la caravana se ponía en marcha antes de las once y media de la mañana, con el consiguiente cabreo de mi padre, cuya ira se duplicaba si al cruzar Candás veía en el reloj de la iglesia que ya habían pasado las doce. La culpa casi nunca era nuestra, sino de los vecinos, pero eso no aplacaba a mi  progenitor, que en pleno paroxismo de malhumor decía cosas como “un día empiezo a hosties y quedo solu”.

Una vez en Antromero, mi padre desaparecía por el camino que bordea el mar hacia el oeste provisto de todo tipo cañas de pesca, un cesto de mimbre y tres o cuatro raciones de xorra, un gusano de arena que se utiliza como cebo y se vendía en tiendas especializadas y en los chigres de Gijón; en algunos bares hasta lo anunciaban con carteles de “hay xorra”, lo que provocaba malentendidos frecuentes con los clientes foriatos que, ignorantes de lo que era, se aventuraban a pedir sin el menor rubor “un par de raciones”. Cuando la economía apretaba, como ahora, mi padre, que era un fumador empedernido, pasaba del Ducados al Celtas y él mismo recolectaba la xorra entre el lodo de la ría de Villaviciosa.

Mientras Jaime fumaba y pescaba entre las peñas en completa soledad – podía pasarse horas mirando el sedal y quemando pitos, uno tras otro-, los demás hombres adultos de la panda se desplegaban por el prado pegado a la playa ocupándolo casi al completo y las madres extendían unos enormes manteles de cuadros, encima de los cuales colocaban fiambreras con comida, cubiertos, vasos, servilletas, termos con café y botellas de vino peleón y gaseosa La Casera. Los críos, entretanto, invadíamos el mar, por el que navegábamos en colchonetas obtenidas con puntos Spar y cámaras de neumáticos de camión que hinchábamos en Foro, la gasolinera del barrio de Las 1.500, donde, quién lo diría hace 50 años, acaban de poner un McDonald’s.

Comer en aquel prado de Antromero fue gratis durante bastantes años, pero luego sus dueños instalaron una barraca y prohibieron todas las bebidas que no vendiesen ellos; tiempo después empezaron a cobrar por meter el coche, con lo que el prado se convirtió en un lucrativo aparcamiento y perdió todo el encanto. Además de comer, también cagar era gratis, aunque esto no lo hacíamos en el prado sino en el maizal que lindaba con él, a salvo de miradas indiscretas; defecar allí tenía su aquello y la ventaja de que podías utilizar las hojas de las panoyas – las mazorcas de maíz – para limpiar el culo, lo cual era incluso fino en una época en la que el rasposo El elefante era el papel higiénico más usado.

Todo esto viene a cuento de que no salgo de mi perplejidad por la pretensión del departamento de educación de Cataluña de cobrar tres euros a los niños que llevan la comida al colegio, normalmente en tupperware, la versión evolucionada de aquellas fiambreras de mi infancia. Hay muchas razones para que los niños lleven la comida de casa, como la intolerancia a algunos alimentos, que la del colegio sea un asco o, sencillamente, que no puedan pagarla. Y para eso están las fiambreras y los tupper. Sea cual sea el caso, cobrar por usar el comedor es un autentico disparate cuando comer ya es para mucha gente una proeza; y ahora, además, deberán hacerlo a escondidas. Algunos lo acabarán haciendo en el váter – el lugar más socorrido para ‘desaparecer’ -, al menos hasta que también cobren por cagar. Al final, ya lo verán, acabaremos con la fiambrera en los maizales.

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Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
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Una respuesta a Elogio de la fiambrera

  1. Observo que, por alguna razón, siempre observamos el pasado con nostalgia y admiración mientras detestamos el presente y tememos al futuro. Incluso entre las personas que no tuvieron una infancia fácil ni agradable y sólo la madurez les abrió nuevas perspectivas tienen a mirar el pasado con nostalgia. A veces alucino con lo que a mis abuelos -por ejemplo- les tocó vivir, pero más me alucina la serenidad con la que recuerdan los diferentes episodios por los que pasaron. Y, sin embargo, se asustan por lo que nos toca a los nietos.
    Creo que esto se debe a que en la cúspide de la sociedad -no sé si el poder político o el económico, o aquél al servicio de éste- se está instalando una gente empeñada en construir un mundo sea un lugar en el que no apetece estar.
    Sinceramente, la fiambrera en el maizal empieza a parecerme una solución atractiva.

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