Maquiavelo y el dilema del prisionero

Cuenta José García Abad en El Maquiavelo de León, su último libro, que si algo define a Rodríguez Zapatero es su convicción de que ha sido ungido con un don especial y que lo que no han logrado otros puede hacerlo él sin el menor esfuerzo. A fin de cuentas, añado yo, ha conseguido casi todo lo que se ha propuesto, y hay que reconocer que tanto la secretaría general del PSOE como la presidencia del gobierno son cosas que no están al alcance de todo el mundo. En este sentido algo de razón tiene, porque nadie excepto él pudo imaginar hace diez años que aquel diputado insignificante y sinsustancia – que llevaba callado en el Congreso más de dos décadas – llegaría a ser lo que es hoy. De tan absurdo hubiera parecido disparatado.

La cosa es que, por inverosímil que fuera, lo logró. Y ahí empezó a forjar su propio mito de que, al margen de las posibilidades reales o de las condiciones objetivas, todo lo que desea se cumple, lo que en prosa común se denomina voluntarismo, que en su caso tiene más que ver con la creencia de que todo depende de una voluntad divina – por supuesto, la suya – que con el pensamiento del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, que como muchos de ustedes saben se declaraba ateo. Lo digo porque, en esencia, la aparición en escena de Rodríguez Zapatero fue como el santo advenimiento, que en la tradición judeocristiana no es otra cosa que la llegada del Mesías, sujeto con el que parece identificarse nuestro presidente sin ningún pudor.

Y digo “parece” porque en ocasiones tengo la impresión de que, creyendo estar dotado de ese don especial al que me refería más arriba, considera que su conocimiento de las cosas es infinito e inigualable – lo del precio del cafelito pudo ser un desliz irrelevante – y su poder absoluto, es decir, estima que es omnisciente y omnipotente, dos atributos exclusivos de Dios, no del salvador prometido por los profetas. El caso es, en fin, que como dice el autor de El Maquiavelo de León, Rodríguez Zapatero cree saberlo todo y poderlo todo, lo cual no es más que una manifestación de un mesianismo que ha ido creciendo conforme aumentaban a su alrededor los aduladores o jesuseros, feliz expresión de José Bono recogida por García Abad para definir a quienes se apresuran a exclamar “¡Jesús!” cuando estornuda el jefe.

Que alguien así, con una extraordinaria autoestima y un poder de decisión en apariencia casi infinito, que una persona tal, decía, haga y deshaga a su antojo no tiene, pienso, nada de extraño. De hecho en estos seis años ha dado pruebas suficientes de que, además de soberbio y presuntuoso, también ejerce el mando de forma caprichosa, esto es, toma decisiones importantes de manera arbitraria, inspirado por un antojo, por humor o simplemente porque disfruta siendo extravagante y original. Vamos, que él, que todo lo sabe y todo lo puede, es quien decide y lo que resuelve, sea lo que sea, es incontestable. Como, por ejemplo, escoger a Trinidad Jiménez como candidata del PSOE a la presidencia de Madrid, pasando por encima de Tomás Gómez, a quien todo el mundo consideraba el postulante in péctore.

Si fuese militante del PSOE y residente en Madrid las primarias me plantearían un dilema tan complejo de resolver como el del prisionero, que sobre todo es, en palabras de James Gleick, una metáfora sobre el comportamiento humano: Trini me parece una candidata magnífica, pero creo que TG, ciertamente menos mediático, también lo es. En el caso de TG, además, era el premio que esperaba por reorganizar el PSM tras la debacle en las elecciones autonómicas y municipales de hace tres años. Aquella vez, como Trini en esta ocasión, Gómez no dudó en dar un paso al frente cuando Zapatero tocó a rebato; y ahora, sin embargo, no recibe más que patadas en el culo, igual que otros muchos antes que él: Jesús Caldera, Carmen Calvo, Manuel Marín, Jordi Sevilla…, la nómina de damnificados es amplia. Como TG, César Antonio Molina tampoco le parecía mediático, y dicen que para sustituirlo pensó en Miguel Bosé y Penélope Cruz, pero pocos creen que sea verdad. Yo sí, al fin y al cabo son dos personas de primera fila en lo suyo y acabó nombrando a una guionista de segunda.

Acostumbrado a utilizar a la gente y a prescindir de ella a su antojo, la resistencia de Gómez ha sorprendido al jefe y a los jesuseros, aunque no sé bien por qué. Quizá esperaban que, como el santo Job – a quien Dios puso a prueba dejando que mataran a sus hijos, que eran diez -, tampoco se revolviese contra el mandón y, antes al contrario, exclamase aquello de “el señor me lo dio, el señor me lo quitó; bendito sea el señor”. Para ser un partido que aparentemente preconiza la democracia, el PSOE lleva sospechosamente mal la discrepancia. El alcalde de Getafe y presidente de la FEMP, Pedro Crespo, es el que lo ha dicho más claro: “Gómez debe dejar de anteponer los intereses particulares a los del partido”. Han leído bien, no a los del país o los ciudadanos, a los del partido.

Con el paso de los años he llegado a la conclusión – sí, he tardado en darme cuenta – de que las organizaciones políticas son un fin en sí mismo, es decir, la democracia existe para que haya partidos políticos, que como asegura la wikipedia  – permítanme la frivolidad de citarla – son los encargados de reclutar candidatos para ocupar los cargos gubernamentales y legislativos. Sé que es una afirmación bastante cínica, pero cómo se explica sino que todos ellos – los partidos – se resistan a democratizarse e incluso se opongan sin ambages a que las listas electorales sean abiertas, o sea, a actuar democráticamente desde abajo. Deduzco que en parte se debe a que las listas cerradas y bloqueadas son un arma eficacísima de los mandamases de los partidos para mantener el control interno; el que se mueva, ya se sabe, no sale en la foto. La otra parte de la respuesta la dio claramente Pedro Crespo. 

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Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
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4 respuestas a Maquiavelo y el dilema del prisionero

  1. MªJosé dijo:

    Entre Tomás Gómez y Trinidad Jiménez, me quedo con TG, porque tiene c., pero el que gane trendrá que lidiar con la Sra. Aguirre y eso es harina de otro costal!
    Buenísimo su artículo! Gracias.

  2. oscar dijo:

    Me alegra comprobar que tu pluma no ha perdido la punta. Un placer leerte, como siempre.
    Un abrazo.

  3. Aquí recuperando los deberes atrasados. Ojeé “El maquiavelo de León” y dado lo que se publica por ahí me pareció un libro que merecía la pena. Un libro de esos de leer y prestar. Ahora intentaré hojearlo.

    En la línea de tu blog encuentro hoy a Millás. Interesante

    Primarias PSM

    Un abrazo

  4. Claudia dijo:

    Si aún fuese una guionista de segunda y una ministra de primera… pero ni eso.

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