Panem et futbolenses

Ayer estuvo a punto de detenerme la policía. No, no es que hubiera hecho algo malo. Tampoco tengo pinta de delincuente, ni siquiera aspecto de quinqui o de macarra de barrio, aunque la gente que me conoce asegura que soy bastante chulo; es más, procuro mantener cierto decoro y elegancia en el vestir aunque me cubra con ropa informal, y puestos a sacar parecidos, tengo más del Pijoaparte de Marsé o de Bogart que del Torete o el Vaquilla, aquellos malhechores de los años setenta y ochenta a los que hizo famosos el cine. Simplemente, a los agentes de la autoridad pudo parecerles que estaba haciendo una cosa muy extraña, aunque para mí fuese de lo más normal y forme parte de mis hábitos.

La normalidad es una convención social. Por ejemplo, unos señores muy sesudos establecieron que una persona es normal si su coeficiente intelectual está entre 90 y 109, por encima de ese percentil eres un superdotado y si no llegas al mínimo un imbécil; por eso no entiendo que para entrar en el ejército sólo exijan 70 y a los políticos nada. Personalmente creo que la inteligencia no hace mejores a las personas, y que, incluso, a algunas sólo les sirve para refinar su crueldad. Pienso en salvajes como el doctor Menguele, un hijoputa cuya capacidad para comprender las cosas quizás fuese mayor que la de los torturadores de la Inquisición, aunque sólo se diferenciase de ellos en que ponía mayor esmero y era más sutil.

Nunca me había parado a pensarlo, pero acabo de llegar a la conclusión de que, probablemente, yo no sea una persona normal, en el sentido de que soy poco convencional, esto es, que para determinadas cuestiones me aparto de las corrientes dominantes. Así, me parece que al último libro de Pérez Reverte le sobran, como poco, 650 páginas; no aguanto a Pitingo y sostengo que tanto él como Diego el Cigala masacran las canciones que reinterpretan; y de la filmografía de Almodóvar  me quedo con las películas gamberras de sus comienzos. Lo dicho, tengo gustos heterodoxos y es posible que mi comportamiento tampoco sea lo que generalmente se entiende como normal, y como la policía tiene un sexto sentido para detectar sospechosos, de ahí que estuvieran a punto de detenerme.

El caso es que ayer se me ocurrió hacer lo que hago casi todos los domingos, es decir, dar un paseo por la ciudad, que a la hora en que salí a la calle era un ir y venir de gente ataviada con camisetas rojas, de coches cuyos conductores parecían haber descubierto en ese momento el claxon y de banderas ondeando en balcones y ventanas, aparte de otras muestras del fervor patrio del que, al parecer, “todos los españoles” (la tele dixit) nos hemos contagiado en las últimas semanas. Aunque me alegré de que España ganase el Mundial, a mí, la verdad, el fútbol – perdón por la ordinariez – me la trae floja. Por eso, como cualquier otro domingo, salí a pasear, una actividad que no me cansa en exceso y ayuda a bajar el colesterol.

A lo que iba. Poco después de iniciar el paseo la ciudad se despobló. Qué bien, pensé, toda para mí. Para mí, claro, y para los dos agentes de la autoridad que desde una esquina me miraban frunciendo el ceño. Me acordé entonces de que, hace diez años, deambulando por el Soho de Nueva York se emparejó conmigo un coche de la policía, uno de esos con las letras NYDP en las puertas. Cuando ya había caminado veinte o treinta metros con el coche a un costado, di un cuarto vuelta y – ya dije que soy bastante chulo – me encaré con los polis. “¿Qué coño pasa?”, solté, convencido de que no me iban a entender. ¡Casi se mean de risa! Uno veraneaba en Zamora, de donde era su familia, y el otro en Salinas, la tierra de su mujer, y habían apostado entre ellos si la gente que me acompañaba y yo éramos españoles o hispanos. Creo recordar que ganó el que veraneaba en Salinas.

Con los policías españoles, sobre todo si fruncen el entrecejo cuando me ven, no me atrevo a sacar el genio. Mi relación con ellos está mediatizada por un temor atávico que tiene su origen en una noche del verano de 1975, cuando, de vuelta de una fiesta, dos parejas de la secreta nos encañonaron en una calle de El Llano, en Gijón, y a punta de pistola nos obligaron a ponernos contra la pared abiertos de pies y manos. Franco agonizaba y el país estaba un poco revuelto, aunque eso lo supimos después, cuando nos hicimos mayores. La cosa se arregló porque uno de la pandilla era hijo de un policía municipal, y aunque nos dieron boleta con unos golpecitos en la espalda, el susto todavía me dura. Que te apunten cuatro pistoleros, aunque sean policías, acojona.

Los de ayer cruzaron la calle mirándome fijamente y fueron hacia mí. Algo raro tuvieron que ver. Eugenio Prieto asegura que, por mucho que haya cambiado, Oviedo sigue siendo la Vetusta de Clarín. Si te ven dos veces con una mujer que no es la tuya – dice -, es que tienes una amante; si te ven dos veces con un hombre, eres maricón, y si te ven dos veces solo es que eres muy raro. Y si se te ocurre pasear mientras se juega la final de un Mundial, añado yo, eres, además, sospechoso. Menos mal que cuando estaba a punto de emprender la huida – rizando el rizo, iba indocumentado -, los agentes hicieron un quiebro y cambiaron de dirección. Vamos, que se desentendieron de mí. Si tardan un poco más hubiera echado a correr de forma alocada y me habrían detenido, seguro. Si huye, pensarían, será por algo. Ya me veía tumbado en el suelo, esposado y con una pistola en la cabeza… Nunca me he alegrado tanto de que tengan  un sexto sentido, porque puede que yo sea raro, pero no me parece que la extravagancia sea delito.

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Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
Esta entrada fue publicada en Patterson, Periodista. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Panem et futbolenses

  1. José Luis Ríos dijo:

    Bueno, bueno, bueno… No podía esperar menos del inquieto y chulo Ramón. Mira, me alegro de ambas cosas, de tu inquietud y de tu chulería y de saber que la compartes. A tus “virtudes” he de añadir otra: pulcritud. Gracias por estar ahí, colega.

  2. MªJosé dijo:

    Por carabolas de google acabo de descubrir este blog.
    Estupendo! Me encanta como escribe!
    Si la ciudad por la que paseaba es Oviedo, no me extraña que la prefiriera a la final de futbol.

  3. Paula dijo:

    creo que esa “pasión futbolera” debe venir de familia…porque a mi santo padre tampoco le gusta el futbol, cuando llegue a casa estaba viendo una peli

  4. Claudia dijo:

    Primero, los polis dijeron aquello de “Estos tienen pinta de españolitos perdidos.” Un encanto, oye, los veo ahora y alucinan con el control neoyorquino que tengo.
    Segundo, no sabía yo de la historia a punta de pistola.
    Tercero, tú no te preocupes, que no yes raro. Con el estrés por parte de familia materna que debía haber en aquel salón, igual hasta yo salía corriendo.
    Un poco chulo sí que fuiste siempre, digo yo que ya se me podía haber pasado algo, ¿no?
    Por cierto, estoy pensando que si quieren rodar Abre los Ojos II, sólo tienen que esperar a que España juegue otra final de un Mundial y salir a la calle. Ni los zombies logran eso.
    ¡Besinos!

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