El pesimista admirable

«Don José, que le están esperando para hacer la foto de familia». «¿Familia? ¿Qué familia? Ninguno de esos es familiar mío ni tengo nada que ver con ellos. Familiares míos son los desgraciados de los que hemos venido a hablar aquí, total para nada…».

Para quien no lo sepa, no hay acontecimiento o reunión sobre lo que sea -política, económica, social o cultural- que no empiece o termine con una foto de familia. Hasta no hace mucho, lo habitual era que sólo apareciesen en esa foto los elegidos, los que de verdad tienen el poder y la posibilidad de cambiar las cosas. Las instantáneas que inmortalizaron las conferencias de Yalta y Postdam, donde se estableció un nuevo orden mundial, son un ejemplo muy preciso de lo que digo. O sea, servían para constatar que gente sobresaliente se había reunido para decidir cosas importantes, no como ahora, que son un mero recuerdo de que alguien irrelevante compartió una vez mesa y estrado con los que, de una u otra manera, sí mueven el mundo.

El tal don José del que hablo más arriba no es otro que el escritor portugués José Saramago, y la foto de familia a la que me refiero era la que intentaban hacerse en una tórrida mañana de mayo del 2002, en Mykonos, los participantes en el noveno Foro Mediterráneo; a saber, una docena de ministros y una veintena larga de gerifaltes variopintos de las dos orillas del Mare Nostrum, todos en mangas de camisa. Sólo faltaba Saramago, que minutos antes había tropezado, yendo a caer de cabeza contra un mueble del hotel donde se celebraba la cumbre. El percance no tuvo mayores consecuencias, pero fue la excusa para que, después de la cura de urgencia, el escritor, bastante asqueado, se quedase a medio camino conversando con los dos periodistas de la foto mientras los demás lo esperaban en vano.

No soy, quizás, el más indicado para glosar al autor de obras tan sublimes como «La balsa de piedra», «Todos los nombres» o «Ensayo sobre la ceguera», por citar sólo tres novelas de la amplia producción de uno de los más grandes literatos ibéricos. Y si recuerdo la anécdota de Mykonos es porque creo que retrata muy bien al escritor portugués, cuya obra es indisoluble de unas cualidades humanas admirables. A Saramago, como al personaje de Terencio, nada relacionado con el hombre le era ajeno. Comunista hormonal, según decía, sufría como propias las adversidades ajenas, y probablemente fue la desazón provocada por esas pesadumbres la que trasladó de él una imagen melancólica, de persona triste y con cierta propensión al pesimismo. Estoy convencido de que a Saramago le daba lo mismo. De hecho, solía decir que los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas son felices con lo que ya tienen.

(LNE, 19 de junio de 2010)

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Acerca de José Ramón Patterson

Soy periodista desde los 20 años. En aquella época aún tenía sueños profesionales. Perdí la ilusión, pero me quedan la curiosidad, el oficio y bastante mala leche. Vivo y trabajo en Asturias.
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