Iglesia Católica S. L.

Vaticano-aa152De las cosas que me gustan, una de las que mayor placer me da –de las otras no suelo escribir– es deambular por la ciudad, caminar sin dirección observando lo que pasa. No hablo de tomarle el pulso a la calle, algo que además de pretencioso requiere un esfuerzo intelectual excesivo, sino de pasear sin otro fin que la mera distracción, incluso sin objetivo ninguno. Bastante gente lo considera perder el tiempo, pero me da igual. A la postre, también hay quien piensa que no es provechoso ir al cine a ver La vida de Adèle o escuchar un concierto tan extraordinario como el que este sábado dieron en Oviedo la Amsterdam Sinfonietta y el barítono norteamericano Thomas Hampson; y también me da igual. Hay cosas peores, como flagelarte con las diatribas dominicales del vate cacereño José Luis García Martín, por ejemplo. Hace años, cuando era aprendiz de periodista, yo me mortificaba con los artículos de Tomás Montero y Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias y doy fe de que, aparte de cierta pesadumbre y algunas molestias momentáneas, no tiene efectos a largo plazo.

Muchas veces esos paseos me llevan al barrio viejo de Oviedo, que por aquí llaman El Antiguo, aunque viene a ser lo mismo. En ocasiones, aprovechando que es gratis, suelo entrar al Museo de Bellas Artes de Asturias, probablemente el mejor equipamiento cultural del Principado a pesar de que todos los gobernantes le dieron la espalda, quizá porque no fue obra suya, como los engendros del Niemeyer o LABoral, sino, sobre todo, producto del empecinamiento personal de otros, en este caso Emilio Marcos y Toto Castañón. Pero, ¡qué se puede esperar de los políticos si hasta tuvimos una consejera de Cultura que se enteró de lo que era un castro el día que tuvo que ir a uno! Allí, en el museo, suelo pararme frente al retrato de Jovellanos que pintó Goya en 1782, el primero que hizo el aragonés de Jovino. Otras veces visito la sala donde se expone uno de los tres apostolados de El Greco que se conservan completos, considerado, además, el prototipo de los otros dos.

Antes, cuando me trasladé a Oviedo, también solía rondar el Museo Arqueológico, en la calle San Vicente, para ver, entre otras cosas, el mosaico hallado en 1921 en la villa romana de Vega del Ciego, en Lena, cuya originalidad está en que su esquema decorativo, filas de rectángulos encuadrados por un sogueado, es infrecuente en los mosaicos hispanos del Bajo Imperio. Entonces dirigía el museo una mujer que lo cuidaba como si fuese su casa: enceraba el suelo ella misma y hasta te obligaba a caminar con bayetas en los pies. Desde que lo reformaron para ampliarlo sólo he ido un par de veces, más que nada porque enfrente, a escasos cinco metros, está la Cocina Económica y me desazona ver las colas que se forman allí para comer, cada vez más pronto y cada día más largas. La mayoría ahora son personas como usted y yo, es decir, gente ‘normal’ a la que la falta de trabajo, sueldos miserables y pensiones de mierda arrastran a la marginalidad.

Donde suelo recalar bastante a menudo es en la Catedral, que además de valor artístico e histórico lo tiene para mí sentimental porque en ese lugar, en la conocida como Capilla del Rey Casto, me casé hace más de treinta años. Casarme por la iglesia y en la Catedral, a pesar de ser yo un descreído, fue una cesión a la contraparte, que, por lo demás, hice gustosamente; además, en aquella época había que apostatar, y eso sí que era un lío. No obstante, como todo tiene un límite, cuando el cura preguntó cómo queríamos la ceremonia, respondí raudo: “Corta”. Duró poco más de diez minutos. Como ya dije, me gustan las cosas pequeñas, cuanto más pequeñas o cortas mejor. Así, prefiero escuchar reiteradamente el Oblivion de Piazzolla o el Adagio for Strings de Barber que las cuatro horas y media de la ópera Tristán e Isolda. Cuando una vez le preguntaron al periodista y ensayista Eduardo Haro Tecglen por qué no escribía una novela, contestó: “Demasiado larga”, una respuesta que suscribo.

A partir de abril será difícil que vuelva a vagar por la catedral. El cabildo está planteándose la posibilidad de cobrar la entrada, una decisión que, al parecer, ven bien los hosteleros y los guías turísticos. Los primeros porque quizá prevean que, entre pagar siete euros por acceder al templo o tomar el vermú en alguno de los bares de la zona, los viajeros optarán por esto último, y los guías porque, en un reparto equitativo del negocio, son los únicos que lo hacen ahora, y ya se sabe que mal de muchos consuelo de tontos. Sé que en otras catedrales se cobra, pero me pregunto qué diría de ello Jesús, de quien se cuenta que, enojado y a golpe de látigo, echó del templo de Jerusalén a los cambistas y a los vendedores de palomas. “Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi padre un mercado”, les dijo, según el Evangelio de Juan.

Que la mayor empresa inmobiliaria española cobre por acceder a sus propiedades para financiarse parece un sarcasmo. Por lo visto, las millonarias transferencias del Estado y los donativos de las misas dominicales y fiestas de guardar no dan ni para sufragar los gastos corrientes del entramado eclesiástico, y eso que no pagan el IBI. Teniendo en cuenta que Cáritas se sostiene mayormente con aportaciones públicas y privadas y que mantener el patrimonio histórico y cultural es cosa de las Administraciones, ¿en qué gastan el dinero? Si por mi fuese, obligaría a la Iglesia a reducir sus activos inmobiliarios, a desinvertir, como dicen que pretendió hacer Juan Pablo I trasladando la sede papal del Vaticano al modesto templo de Santa María, en el Trastevere. En su caso, ya sabemos cómo acabó. Yo, a riesgo de condenarme eternamente, entre pagar por volver a ver lo que ya conozco y el piscolabis matinal, escojo la bebida. ¡Salud!

(Publicado en Astures.info el 10/02/2014)

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Mastúrbese, señor ministro

elogio-de-la-masturbacion“A San Agustín lo perdió un baile”, nos decía en el instituto el hermano Pedro, sin aclararnos qué le había pasado al tal Agustín y por qué, a pesar de todo, había llegado a ser santo. Lo único que sacábamos en claro es que lo de bailar debía de ser algo ‘pecaminoso’, un concepto tan impreciso, por otra parte, que ayudaba poco a establecer la frontera entre lo que era simplemente inadecuado o malo –en el sentido de nocivo– y lo que podía ser pecado a juicio de la iglesia católica, apostólica y romana. En mi confusión, durante bastante tiempo creí, por ejemplo, que en mi casa no se comía ternera porque transgredía algún precepto religioso, ya que la carne era, junto al mundo y al demonio, uno de “los enemigos del alma”. También es verdad que entonces estaba convencido de que como orar es “levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes”, según el padre Astete, si yo lo pedía con mucha fe y apretando los ojos mi progenitor tendría gratis el ansiado coche, aunque no fuese necesariamente un Mercedes sino un Seiscientos.

Supongo que lo que el hermano Pedro quería decir, aunque adornándolo bastante, era aquello de que “la ociosidad es la madre de todos los vicios”, esto es, que los desocupados son los más propensos a caer en los malos hábitos, como bailar una polca o masturbarse. Siempre me hizo gracia el chiste de aquel adolescente que se masturbaba continuamente y decidió confesarse. “¿Por qué lo haces?”, le preguntó el sacerdote. “Porque me aburro”, contestó. Resulta que el cura tuvo que ausentarse del confesionario y cuando volvió comprobó que había desaparecido el bocadillo de chorizo que había dejado en el asiento. “¿Qué ha pasado con el bocadillo?”, inquirió con enfado. “Como me aburría mientras esperaba, lo comí”, respondió el adolescente, a lo que replicó con presteza el indignado cura: “¿Y por qué no te hiciste una paja”.

Para la iglesia católica, masturbarse o mirar al prójimo con concupiscencia, es decir, con deseo, es una depravación como todas las cosas que nos hacen felices o pueden aliviar el dolor. Yo no lo creo, quizá porque nunca, ni siquiera cuando era asiduo a las misas dominicales, acepté la idea de que el mundo es un valle de lágrimas cuyo sentido último es servir de tránsito hacia un más allá donde todo es, por decir algo, de color rosa. Al fin y al cabo, como cantaban los Pata Negra, “todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda”. Sufrir innecesariamente, además de absurdo, nunca me pareció que fuese un mérito para llegar al Cielo; en eso estoy con los teólogos de la liberación. Además, como decía el hijo de unos amigos míos, allí sólo hay estrellas y cosas de esas, además de aviones; y, cada vez más, añado yo, basura espacial que acabará cayéndonos encima cualquier día. Al tiempo.

Reflexiono sobre todo esto tras leer en ‘ABC’ un artículo del aula de sexualidad de la Universidad de Navarra, regida por el Opus Dei, con recomendaciones sobre qué cosas deben hacer o no los adolescentes para no caer en el onanismo. ¿Cómo se evita la masturbación?, se titula. El aburrimiento, la soledad, el miedo, el estrés y el cansancio son situaciones que pueden inducir a la masturbación, según el autor del artículo, que entre otras cosas sostiene que algunas series de televisión tienen un efecto erotizante –es verdad, a mí me ‘ponen’ Bridget Moynahan, la fiscal deBlue Bloods, y Stana Katic, la detective Beckett de Castle– y, en consecuencia, aconseja evitarlas, así como adoptar estilos de vida saludables, rehuir a la gente que sólo se junta para “compartir frustraciones” y ocupar el tiempo de manera constructiva, como buscar respuesta a “problemas” como el aborto, la clonación o la eutanasia.

Y pensando, pensando, después de leer el artículo de marras he llegado a la conclusión de que en la contrarreforma de la ley del aborto confeccionada por el meapilas de Ruiz-Gallardón quizá han tenido mucho que ver que estuviese ocioso –aparte, claro, de su connatural beatería– y una cierta propensión a las pajas mentales, que, ésas sí, suelen tener efectos muy perniciosos. Pedro de Silva, por ejemplo, mataba el tiempo cuando era presidente del Principado escribiendo poesía, e incluso algún libro erótico; hasta se inspiraba cuando las manifestaciones llegaban bajo su ventana. Al ministro de Justicia, que debe de ser un tipo sexualmente más acomplejado y no tiene el menor sentido poético de la vida, le ha dado, sin embargo, por socializar sus creencias represoras, dando por sentado que lo para él es un “problema” ha de serlo para todos y, en consecuencia, hay que ponerle remedio.

Está científicamente demostrado que reprimir las emociones y los deseos incrementa los niveles de estrés, y ya se sabe que las situaciones agobiantes nos llevan a veces a hacer cosas que no haríamos en condiciones normales, como parir disparates –es una suposición– del tenor de la Ley de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada. Así pues, ahora que sabemos que la masturbación no provoca ceguera ni afecciones cutáneas -y muchos menos malformaciones a los futuros hijos–, pienso que lo mejor que podría hacer Ruiz-Gallardón es dejarse de pajas mentales y, a falta de buenos polvos, masajearse con frecuencia la entrepierna. Comprobaría que es un desahogo sin otras consecuencias que la de dejarte satisfecho y, dependiendo del interés que pongas, también exhausto, lo que a la postre redundaría en nuestro beneficio, que al final es lo que interesa: contento y agotado, presumo que no tendría ganas ni fuerzas para jodernos.

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¿Y si nos levantamos?

Coke7Tenía trece años y estaba en tercero de bachiller cuando participé en el concurso de redacción de Coca-Cola. Mi primer año en el instituto había sido bastante desastroso, pero logré pasar limpio de polvo y paja al siguiente curso tras un  verano en el que no levanté la cabeza de los libros bajo la amenaza de que, si no lo aprobaba todo en septiembre, tendría que estudiar un oficio; mecánica, electricidad y otras cosas que entonces – tenía once años – me perecían espantosas. Nunca más suspendí una asignatura y tras un segundo de cincos acabaría aquel tercero de forma brillante, con siete nueves, dos ochos y un seis, además de una matrícula de honor en Latín.

El asunto es que en tercero yo era uno de los primeros de la clase y, al parecer, de los que mejor escribían, lo que dicho así parece un mérito aunque en realidad se debía a que los demás lo hacían mucho peor, algo normal en un instituto de barrio periférico donde, además, no había un solo libro. Tampoco los había en mi casa, aparte de un par de la serie Guillermo el travieso, de Richmal Crompton, y tres o cuatro de una colección de Bruguera que intercalaba ilustraciones en blanco y negro cada dos páginas de texto, entre ellos Ivanhoe y Miguel Strogoff, el correo del zar. Las librerías de mis condiscípulos eran igual de mezquinas, e incluso más.

Con todo, algún potencial debió de ver en nosotros la profesora de Literatura, que nos hizo apoquinar dos duros por cabeza para comprar una docena de libros. Así pasé de hojear versiones infantiles de Walter Scott y Julio Verne a devorar Las inquietudes de Santhi Andía, La colmena, Hamlet o Doce del patíbulo. Aquella profesora, “la Bere” (se llamaba Berenice), me convirtió en un lector voraz, aunque no fue tanto por su capacidad de convicción, que algo influyó, como por tener un maravilloso par de piernas que aún hoy podría pintar de memoria si supiese hacerlo, pero no es el caso. Aquellas cachas – así llamábamos a las piernas – nos tenían subyugados, y habríamos hecho cualquier cosa que nos pidiese su dueña. Incluso leer.

Durante aquel curso ocurrieron muchos cosas en España y el mundo en general. Se casaron Julio Iglesias e Isabel Preysler, el ‘generalísimo’ conmutó las penas de muerte a los condenados en el proceso de Burgos – “dando muestras de su gran humanidad”, según los periódicos de la época -, Nixón nos hizo una visita, El Lute volvió a fugarse, Pakistán se partía en dos y Cassius Clay caía frente a Joe Frazier en el llamado “combate del siglo”; además, Allende y Sadat fueron elegidos presidentes de Chile y Egipto, respectivamente, y murieron muchos notables: los escritores John Dos Passos y Mishima, las modistas Coco Chanel y Nina Ricci, los cantantes Janis Joplin y Jimi Hendrix, el compositor Igor Stravinsky y el estadista francés Charles De Gaulle.

Pero lo más importante es que, un día de primavera, yo, junto a otros dos selectos bachilleres, participé en el concurso de redacción de Coca-Cola. En aquella época mi mundo se reducía al barrio y aledaños, o sea, las barriadas colindantes – muy parecidas a la mía -, donde pasaban pocas cosas. Se entiende, pues, que el viaje en Alsa de Gijón a Oviedo y aquella jornada con “la Bere” en la capital del Principado fuesen para mí una aventura. Llovía en Oviedo y en la estación de autobuses cogimos un taxi para ir al centro escolar donde hicimos la prueba; era un mil quinientos de siete plazas, de aquellos que tenían trasportines en el respaldo de los asientos delanteros. Ni que decir tiene que procuré sentarme justo enfrente de la venerada profe, cuyas “virtudes” ya he reseñado.

Me acuerdo palabra por palabra del relato que escribí, una basura que ni el juzgador más benévolo incluiría en los anales de la literatura. Aunque soy incapaz de acordarme de cosas importantes, tengo una memoria prodigiosa para las pijadas sin utilidad, como los nombres de los muertos en los sucesos de Montejurra de 1976, los diferentes modos de los silogismos – barbara, celarent, darri, ferio… – o teléfonos que no existen desde hace décadas. El relato de marras trataba de las dificultades para alcanzar nuestros objetivos, y para ello utilicé la metáfora de un coche achacoso que, renqueando, tiene que subir una montaña por una carretera plagada de baches. Una chorrada, vamos.

Si rememoro todo esto es porque en 1971, el año del triunfo del grupo Viva la gente preconizando la solidaridad mundial, Coca-Cola, atenta a los cambios culturales que se estaban produciendo, lanzó su campaña I’d like to buy the World a Coke“, la de “Al mundo entero quiero dar/un mensaje de paz…”. Iba dirigida a los ‘hijos’ de mayo del 68 y Woodstock, los que conquistaron la mayoría de las libertades de las que nos jactamos ahora. El éxito del anuncio, en el que participaron cientos de jóvenes de todas las razas, animó a la multinacional a grabar la canción, lo que multiplicó su difusión. Ese disco fue el regalo por participar en el concurso, y aunque no tenía tocadiscos lo guardé amorosamente durante años.

Lo que quedaba de aquel enamoramiento acaba de desvanecerse después de anunciar la multinacional que cerrará cuatro de sus plantas en España, entre ellas la de  Asturias. No lo hace porque pierdan dinero sino para concentrar la producción en las otras siete y aumentar los beneficios. Con los avances técnicos y unas vías de comunicación medio decentes, que sirven tanto para exportar como para importar, producir a la vera de la clientela ya no es necesario. Si añadimos que las ventajas comparativas y una normativa laboral permisiva juegan en contra, y que tenemos una clase empresarial voraz y sin ningún sentido de la rectitud moral, es normal que ocurran estas cosas. Lo llaman globalización, pero es capitalismo del más salvaje.

Dicen que la última campaña de Coca-Cola, la de las latas con nombre, ha sido la más exitosa de los últimos años. A mí, sin embargo, me gustó más la anterior, con la que pretendía promover un estilo de vida saludable: “¿Sabes quiénes somos nosotros?”, dice una voz en off. “Nosotros somos el poder. Estamos en los grandes centros de decisión. Desde hace siglos os hemos estado controlando; en el trabajo, cuando os quedáis en casa, cuando salís de ella… Lo controlamos todo. Nosotros somos las sillas y ahora por fin vamos a conquistaros”. “¿Y si nos levantamos?”, replica el protagonista del spot. Pues eso, ¿y si nos levantamos?

(Publicado en Astures el 27/01/2014)

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Burro grande, ande o no ande

Cartel Scarpiafff 1Si hay algo que a los españoles nos gusta más que joder al prójimo – el auténtico deporte nacional, por encima incluso del fútbol – son las cosas grandes, cuanto más grandes mejor y a ser posible mayores que las del prójimo, para que se joda. Acumular cosas grandes es un vicio tan asumido que ya nadie lo considera una depravación, aunque por otro lado nos empeñemos, paradójicamente, en convencernos de que el tamaño no importa. Lo cierto es que sí importa y que, es un suponer, somos muchos los que envidiamos el vigor y las facultades de tipos como Nacho Vidal.

El Libro Guinness de los récords se actualiza año a año con las chorradas más increíbles que humanos o alienígenas se puedan imaginar, y la mayoría destacan sobre todo por su envergadura. Personas o colectivos sin la menor relevancia en sus comunidades compiten por inscribir hazañas absurdas que despuntan más por su magnitud y extravagancia que por la habilidad de sus autores, ya sea una hamburguesa, un estadio, un diente, un graffiti, una talla de madera, un perro o una excavadora, que de todo hay.

El tamaño es indudablemente un signo de poderío, aunque en ocasiones la dimensión evidencie un desmesurado mal gusto que de otra forma pasaría inadvertido. En Galicia, por ejemplo, los patrones de pesca presumen de su dinero comprando todoterrenos enormes y construyendo casas que podrían rivalizar por su aspecto hortera con Xanadú, el palacio donde vivía Orson Welles en Ciudadano Kane. Que el vehículo quede varado durante meses mientras faenan en el Gran Sol y de la vivienda sólo aprovechen la habitación que está junto a la cocina por ser la más caldeada es otro cantar.

En español existe la expresión “burro grande, ande o no ande” que resume como nada lo que digo, esto es, que importa más el volumen que la utilidad. La tendencia a tener cosas grandes pero escasamente servibles es un mal atávico en sitios como Asturias, donde los mausoleos han proliferado en los últimos años para gloria de unos políticos que han gastado el dinero público sin conmiseración. El puerto de El Musel, vacío de barcos, o el macropolígono de San Andrés de los Tacones, del que únicamente se ha vendido una parcela, son sólo los ejemplos más escandalosos, pero hay más, muchos más.

En Asturias los políticos suelen hacer las cosas a lo grande para disimular que no hacen nada. Una de las últimas ocurrencias, que nadie sabe en qué consiste, ha sido el llamado pacto demográfico para frenar la caída de la población, en el que pretenden involucrar a otras comunidades con el mismo supuesto problema. En su afán grandonista, también quieren integrar el Principado en la ‘macrorregión’ del Sudoeste de la península Ibérica, “la de mayor superficie de toda la Unión Europea”, o eso dicen. Y, claro, con el trajín que habrá, queremos que la pista del aeropuerto siga teniendo sus actuales 2.200 metros, aunque sea innecesario.

El problema del aeropuerto ha surgido porque, al parecer, la normativa sobre aeródromos exige que no haya obstáculos a menos de 300 metros de donde tocan tierra los aviones. Y en el de Asturias los hay, así que AENA ha decidido que aterricen a 150 metros del comienzo de la pista, aunque en los despegues podrán utilizarla en toda su longitud. Según AENA, hay pista de sobra para que aterricen con seguridad las aeronaves que ahora la utilizan y las que puedan hacerlo en el futuro. Pero el Principado se opone, no vaya a ser, supongo yo, que no pueda acoger fierascomo el Airbus A380-800 o el Boeing 777-300, los dos aviones “más grandes” del mundo.

Dentro de un avión suelo sentirme tan indefenso como postrado en la cama de un hospital. Para lo bueno y para lo malo – no hay otra -, me suelo poner en las manos del médico, aunque sea un incapaz. Y si me dice que tiene que abrirme en canal, tiendo a creer que será lo mejor. Vamos, que le hago el mismo caso que a la secretaria de Estado de Transportes, que además es ingeniero aeronáutico, si me asegura que con el recorte de la pista el aeropuerto de Asturias no va a perder operatividad y será igual de seguro que hasta ahora. Puede que sea un crédulo, pero qué remedio me queda.

Los asturianos somos pendulares, oscilamos entre el papanatismo y la babayada, es decir, pasamos de considerar que lo que viene de fuera es mejor a vanagloriarnos de la grandeza de todo lo nuestro, no siempre con motivo. Lo de menos es que el burro sea cojitranco e incapaz de dar un paso. En este sentido, yo, que en general soy bastante austero, nunca obtendría el certificado de asturianía porque lo que de verdad me gustan son las cosas y los placeres pequeños, como mojar pan, ya sea en la fabada o en la salsa del pulpo a feira, o bañarme en playas solitarias, me dan igual las cantábricas o las mediterráneas. Al final, siempre son las cosas pequeñas las que hacen que la vida valga la pena.

(Publicado en Astures.info el 22/01/2014)

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Como hablarle a una pared

muro-de-los-lamentos2No conocía la vis cómica de la alcaldesa de Gijón. La verdad es que de Carmen Moriyón sé bien poco, y cuando fue elegida sabía aún menos, aparte de que era un oncóloga apreciada por sus pacientes y que acabó en la alcaldía a regañadientes porque, al parecer, era quien menos confiaba en que su partido, Foro Asturias, pudiera ganar las municipales del 2011. Así que, remedando el título de una conocida película, podríamos decir que es “alcaldesa por sorpresa”. Pero volviendo al principio, como decía, más allá de saber que la ciudad está ahora manga por hombro y que posiblemente sea en parte culpa suya, me ha sorprendido su capacidad para relativizar los problemas e incluso reírse de ellos, lo que en bastantes casos es una manera de objetivarlos para encontrar la solución más adecuada.

Prueba de esa supuesta capacidad cómica suya sería, es un suponer, la sugerencia que hizo la semana pasada a los más de 200 trabajadores de Tenneco despedidos hace unos días para que se encomienden a la Santina, o sea la Virgen de Covadonga. Mucha gente me ha asegurado que en absoluto lo dijo como un chascarrillo, pero por ser benévolo quiero creer, sin embargo, que lo más probable es que su humor sea tan sutil y fino que cuesta captarlo a la primera. La otra alternativa, que lo hubiese dicho realmente en serio, sería inquietante, sobre todo porque me resulta inconcebible imaginarla en el quirófano aconsejando a los pacientes que va a operar que se pongan en manos de la Virgen. Para salir corriendo, vamos.

Como yo, también los empleados de Tenneco han preferido, por lo visto, tomarlo a coña y pasar del asunto sin hacer sangre. Era eso o asumir resignadamente, como dio a entender la alcaldesa, que los políticos han vuelto a fracasar frente a la omnipotencia de las multinacionales, una cualidad, la de poderlo todo, que según los católicos sólo tiene Dios, de ahí, quizá, la insinuación de Moriyón de que no hay nada que hacer, salvo rezar y peregrinar a Covadonga. Lo que nadie me ha aclarado es si también les mencionó o no la conveniencia de subir de rodillas las escaleras que llevan a la gruta desde la laguna donde está la fuente milagrosa de la que, según dicen, si bebes alcanzas la felicidad conyugal.

Nunca he creído en los milagros y hace mucho que tampoco creo en divinidades. Si existiesen supongo que me habrían echado una mano cuando lo necesité. Y a la iglesia he vuelto sólo en contadas ocasiones desde que, siendo adolescente, me echó de ella el párroco un día que me pilló leyendo el periódico. “Ése que está en el último banco, o viene adelante o se va a la calle”, dijo. Y, claro, me fui a la calle: él tenía razón y yo no pintaba nada allí. Además de otros desencuentros que no vienen al caso, en mi desapego hacia todo lo que huela a incienso tiene bastante que ver, por ejemplo, el descubrimiento de que los Legionarios de Cristo, la orden religiosa del seminario donde uno de mis hermanos pasó dos años, encubría en realidad, con la complicidad del papa Juan Pablo II, la mayor red mundial de pederastia que ha habido jamás.

Por otro lado, estoy convencido de que a juicio de la iglesia católica, apostólica y romana soy un pecador irreductible, lo que lejos de acongojarme me estimula a seguir pecando sin el menor propósito de enmienda o contricción. No en vano, como dice la canción, todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda. De hecho, si hago caso al cuestionario del buen cristiano del párroco alicantino de Beniarrés, resulta que a lo largo de mi vida he infringido innumerables veces, y sigo haciéndolo, la mayoría de los mandamientos de le ley de Dios: blasfemo, trabajo los días de fiesta, me cago en mis jefes, defiendo el aborto frente a la ley Gallardón, soy un firme partidario del divorcio, escucho medios de comunicación que fomentan el mal, miro con concupiscencia a mi pareja y en ocasiones a la del prójimo, de vez en cuando juego a la Primitiva, me masturbé cuando era adolescente y envidio cosas de los demás. Vamos, que entre pecados veniales y mortales lo mío no tiene arreglo.

A pesar de todo, me resulta enternecedora la fe de la alcaldesa de Gijón en la naturaleza milagrosa de la Santina, aunque todos sepamos que no tuvo nada que ver con la victoria de Pelayo en la batalla de Covadonga. “Tanto los creyentes como los no creyentes acaban yendo allí”, ha dicho, lo que me recuerda la historia de aquel judío que, día tras día, llevaba años orando y pidiendo ante el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén, y cuando le preguntaron si alguna vez había tenido respuesta a sus plegarias, contestó lacónicamente: “Como si le hablase a una pared”. Como lo del persistente judío, aparte de conmovedor también es para descojonarse que Carmen Moriyón lo fíe todo a la providencia divina. Si no fuese, claro, porque lo ocurrido con Tenneco es una tragedia de proporciones bíblicas. O sea, para llorar.

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Estamos indefensos

indefensos 2Me fascina la actriz Julianna Margulies. Me gusta desde los primeros capítulos de la serie Urgencias, donde interpretaba a una enfermera, Carol Hathaway, enamorada hasta las trancas de George Clooney. No es extraño, pues, que ahora sea un fiel seguidor de The Good Wife, lo que los americanos llaman un drama legal, otra serie en la que da vida a una abogada, Alicia Florrick, que vuelve a ejercer cuando su marido tiene que dimitir como fiscal del Estado por sospechas de corrupción y acostarse con putas, que no sé por qué son cosas que suelen ir de la mano. Como no hay mal que por bien no venga, el fiscal de marras es elegido de nuevo unas cuantas temporadas más tarde, e incluso llega a gobernador, pero ésa es otra historia.

El bufete donde trabaja Alicia se parece más a una empresa al uso, con unos accionistas permanentemente preocupados por el rendimiento económico, que a un despacho de abogados como los españoles. En uno de los últimos capítulos, un grupo de empleadas se planta y exige algunas mejoras salariales y sociales; no son unas peticiones exageradas, sino mayormente menudencias a las que, por otro lado, tienen legalmente derecho. Uno de los socios, un tipo aborrecible, quiere despedirlas a todas por insubordinación, pero Alicia, que acaba de ser nombrada socia, sugiere que renuncien a los bonus trimestrales para atender la reclamación. A su detestable colega le parece una mala idea y responde airado que pague ella el aumento con sus beneficios.

No recuerdo cómo resuelven la situación ni tampoco viene al caso. Si traigo el sketch a colación es porque cada vez conozco a más tipejos parecidos, y lo peor es que, desgraciadamente, también aquí, en Europa y en España, estamos tan indefensos frente a ellos como en Estados Unidos. Basta mirar alrededor para comprobarlo. Suzuki, General Dynamics, Duro Felguera o Tenneco son algunos ejemplos que, sin salir de Asturias, demuestran las desafortunadas consecuencias de un sistema económico en el que la ambición desmedida de unos pocos – por ser benevolentes, llamémoslos “empresarios” – puede truncar vidas y carreras profesionales sin que nadie pague por ello. Básicamente, en eso consiste el capitalismo deshumanizado que quieren imponernos.

La paradoja de la globalización, lo absurdo de la supresión de las barreras económicas, es que ha tenido unos efectos muy diferentes y opuestos a la equidad que aparentemente se pretendía; algo así, para que me entiendan, como lo que ha pasado con la liberalización del mercado energético, que iba a abaratar la luz y lo que ha conseguido es subirla hasta convertirla en un bien de lujo. Asistimos al desmoronamiento del estado de bienestar, que costo mucho alcanzar, y nadie sabe como evitarlo o, al menos, aminorar su caída en barrena. La clase media modesta, esa que hasta ahora no tenía dificultades para pagar el piso y el coche e incluso las vacaciones, está cada vez más empobrecida y las desigualdades son cada vez mayores.

De lo que ocurre tiene bastante culpa una Unión Europea cada vez más alejada de los ciudadanos,  de ahí que no sea extraño que aumenten exponencialmente los euroescépticos. Lo tienen claro los habitantes de los países escandinavos, Finlandia y Suecia especialmente, que desde su incorporación a la UE han sufrido una notable regresión, sobre todo en aquellas cuestiones sociales por las que fueron la envidia del sur. Noruega, que rechazó incorporarse a la Unión en dos ocasiones (1972 y 1994), tiene una economía próspera y rica, en buena medida gracias al petróleo, pero – y a esto iba – no es el elevado nivel de vida de sus habitantes lo que anhelan sus vecinos nórdicos, sino el estado de bienestar que también tenían ellos y sus bajos niveles de desigualdad, corrupción y delincuencia.

Leyendo las novelas de Henning Mankel sobre su alter ego Kurt Wallander se comprenden, por ejemplo, los funestos cambios que ha sufrido Suecia, aunque, con todo, la situación de los suecos no se parece ni por asomo a la de los españoles. A los efectos indeseados que ha tenido en muchos países europeos la integración económica, que ha favorecido, entre otras cosas, la deslocalización de empresas, se han añadido en nuestro país los de una crisis galopante, la ineptitud de los políticos para afrontarla y una serie de reformas laborales que, en aras a favorecer la implantación de nuevas industrias, han  contribuido a tender puentes de plata a las que pretenden disponer de mano de obra aún más barata en otras zonas del planeta. Así, ya no es necesaria – como hasta 2012 – la autorización administrativa para hacer un despido colectivo, lo que en el caso de Tenneco ata de pies y manos al Principado.

Lo de Tenneco es  una vileza sin paliativos. Sin ningún miramiento ni razones aparentes que lo justifiquen – la empresa no ha dado ninguna -, ha decidido cerrar la planta de Gijón y mandar a la puta calle a más de 200 trabajadores, a los que incluso envió el dinero de la indemnización antes que el finiquito. Además del Principado, tampoco el Gobierno y la Unión Europea pueden, al parecer, hacer mucho más que “presionar políticamente”, o eso dicen. El vicepresidente de la compañía, un británico llamado Mike Charlton, lo sabe y, con una actitud claramente despreciativa, ya ni  se pone al teléfono. Le da igual lo que digan: como el abominable abogado de The Good Wife, de lo que se trata  es de mantener sus ingresos y los de sus socios y no va a ceder.

Estamos indefensos, ya lo decía más arriba,  pero pienso que nuestro desamparo no justifica nuestra quietud, ya sea ante cosas como ésta  o abyecciones como la ley Gallardón. Y aunque no es un consuelo, a mí nadie va a quitarme el derecho a llamar hijoputas a toda esta caterva de indeseables.

(Publicado en Astures.info el 1/01/2014)

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Una, grande y libre

la fotoHay días, como hoy, en los que no saldría de la cama. Son esos que cuando abres el ojo ya estás encabronado y sabes que lo estarás hasta que vuelvas a acostarte, así que ¿para qué te vas a levantar? ¿Por qué no seguir arrebujado y calentito, disfrutando del duermevela, ese estado semicomatoso en el que te importa un huevo todo lo que pasa? Lo de levantarte de mala leche tiene bastante que ver con el ánimo con el que te hayas echado, pero sobre todo con las perspectivas para ese día, es decir, la posibilidad razonable de que suceda algo que acabe jodiéndolo. Por ejemplo, que un gobierno de meapilas decida obligar a las mujeres a parir fetos con graves malformaciones.

Que haya sido el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y no la de Sanidad, Ana Mato, el responsable de la reforma de le ley del aborto dice mucho de la intención, bastante más, incluso, que su nombre, que ya se las trae: Ley de protección de la vida del concebido y de los derechos de la embarazada. Aunque bien mirado, casi me da igual quién de los dos sea el culpable, si un chupacirios hipócrita que intenta imponernos a sangre y fuego su moral gazmoña o una necia que cree que todo es jauja, como en su mundo de pijos, y no tenía ni puta idea de dónde salía el dinero sucio que, al parecer, entraba a raudales en su casa.

Nos hemos confiado. Pensábamos que España era por fin un país moderno y europeo, con un nivel de libertades y derechos lo suficientemente espacioso para cobijarnos a todos de manera confortable y resulta que no es así. Han bastado dos años para tener claro que la derecha más asilvestrada y montaraz llevaba cuatro décadas agazapada, esperando a cobrarse la revancha y acechando el momento de emprender una nueva cruzada cívico-religiosa. «Con nosotros va el bienestar, la paz de España, la familia y la religión, todo», dijo Franco en su famosa alocución desde Radio Tetuán, el 25 de julio de 1936; hoy, tres cuartos de siglo después, podrían decirlo Rajoy y sus secuaces.

Lo peor de la contrarreforma que está acometiendo el Gobierno, lo que más me irrita, es que lo hagan por “nuestro bien”, como si fuésemos oligofrénicos que necesitásemos su tutela. De esto a la democracia censitaria hay un paso. Reducen las becas para que no vagueemos y nos esforcemos estudiando – como si acumular títulos sirviese aquí para algo –, dictan leyes de seguridad para “garantizar el derecho de manifestación” y nos amenazan con apechugar con hijos deformes para que no nos excedamos en lo del fornicio. Dicen que es una vuelta atrás de 30 años, pero a mí me parece que la regresión es mayor, que volvemos a la España de cuando el condón era pecaminoso y la misión de la familia “tener hijos para el cielo”. O sea, una, grande y libre.

Supongo que ha sido casualidad que este Gobierno de felones haya aprobado la infamante reforma el mismo día que un juez, harto de que le tomasen el pelo, ordenó registrar la sede nacional del Partido Popular, dos noticias de ésas que según el responsable de Marca España, Carlos Espinosa de los Monteros, marqués de Valtierra, dan una imagen pésima de nuestro país en el exterior cuando las magnifican los medios de comunicación: “Que les corten la cabeza”, ordenaba la Reina Roja de Alicia en el país de las maravillas. Y no digo yo que no, pero pienso que aún sería peor si a los cinco millones de parados les diese por manifestarse en pelota delante del Congreso – es un suponer – o a los autónomos por quemar los bancos que han duplicado sus beneficios pero a ellos les niegan el crédito.

Tranquilos, nada de eso va a pasar, al menos de momento. Al fin y al cabo, el ministro Soria ha impedido que los sátrapas de las eléctricas nos esquilmen otra vez con una injustificable y desorbitada subida de la luz. Y eso sí que es importante; eso y el cristo que tiene montado en su familia una delincuente llamada Isabel Pantoja. Por lo visto.

(Publicado en Astures.info el 23/12/2013)

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